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bambino, el blog de Fernando Tomás.

Perdiendo el miedo al e-quedirán

Toda esta reflexión proviene de la chica que obró mal en el metro.

Míles de cámaras nos rodean, por la calle, en las tiendas, en los teléfonos de millones de personas. La conclusión que podríamos sacar es "No hagas nada mal, pues alguien lo sabrá seguro". Esta es la filosofía que se desarrolló a partir del diseño del Panopticón, lugar donde no es que siempre te vigilaban, es que no sabías si lo hacían. ¿Podría considerarse el ingenio como el fín de la privacidad?.

Teóricamente con tanta cámara no puede existir la privacidad, y sin embargo, llega un momento en que la proliferación de cámaras satura, y en lugar de convertirse en objetos de control, lo son de todo lo contrario: Sabemos que nos ven, pero no nos importa que nos vean.

Cuando hay pocas cámaras a tu alrededor pasa como cuando se vive en un pueblo pequeño: enseguida que se detecta algo diferente, la gente lo comenta. Y es el miedo al "qué dirán" lo que ejerce el control. Control que es un autocontrol. Por eso el escape natural de esta situación ha sido siempre irse de los pueblos a las ciudades. Donde nadie te conoce. Donde miles de ojos te miran, pero te da igual lo que vean.

Con las cámaras ocurre un poco igual. Me están grabando. ¿Y qué?. ¿Hay capacidad para ver todas las grabaciones? NO. ¿Hay capacidad para hacer una traza de mis movimientos a través de diversos sistemas y centros de control? NO. En resumen: puedo estar tranquilo. También me ve toda la gente con la que me cruzo por la calle. Y no me siento en peligro.

El problema viene cuando mezclamos la ubicuidad de las cámaras con la realidad de Internet. Los esquemas con los que hemos estado pensando hasta ahora no sirven. Porque en internet las cosas son distintas.

Internet tiene la imagen de la ciudad: inmensa, donde es fácil perderse, donde es fácil el anonimato. Pero sin embargo, a veces, se comporta como el más pequeño de los pueblos: un acto insignificante puede captar la atención de gran parte de la población, y convertir a su ejecutor poco menos que en objeto de linchamiento público.

Ya hay quien manifiesta su preocupación ante la combinación de anonimato con focalización tremenda de la atención.

¿Cómo haremos para vivir en un ambiente que puede juntar lo peor de una ciudad y de un pueblo a la vez?

El secreto está en esos pocos pueblos pequeños que han aprendido a no temer al "qué dirán" y en las ciudades grandes donde el individuo ha llegado a ser anónimo pero no ha dejado de ser indiferente. Ambos sitios existen, aunque cuesta trabajo encontrarlos. Y en todo caso, hay habitantes así en todos los lugares del mundo.

De ambos lugares hay que extraer lecciones, de tolerancia a lo distinto y de blindaje ante el comentario ajeno. Quizá sea ese el secreto para no hundirse en la red. Y deberíamos estructurarlo, aprenderlo, y enseñarlo a todos, como el abecedario, como un rasgo cultural mas y así ser capaces de verdad a navegar de una vez mostrándonos sin tapujos al mundo y sin miedo al e-quedirán. Todos.

1 comentario

M@x -

Muy bueno Fernando, muy bueno!