
Conduces con seguridad. El coche se ciñe a las curvas con precisión milimétrica. Sientes que controlas el vehículo perfectamente. La autovía enfila para abajo, y el firme empeora.
El vehiculo comienza a vibrar demasiado mientras adelantas a dos grandes trailers que circulan por la derecha, tirando de retenedor para luchar contra la inercia de la pendiente pronunciada. Detrás, pegado a ti, otro coche comienza a adelantar. Ante tí, la carretera se curva, el coche pierde adherencia, y dejas de sentirte seguro. Tienes ganas de parar, pero no puedes parar, al menos inmediatamente. Te invade un sudor frío, notas que te falta el aire. Sientes que es uno de esos momentos en que hay que tener todo bajo control para no crear una situación peligrosa. Y sientes que los nervios pueden contigo y que estás perdiendo el control. Y sientes hormigueo en las manos y en los pies, y por un momento, te da la sensación de que el volante y los pedales no está ahí. Te imaginas lo peor, y eso no ayuda nada a relajarse.
Gracias a Dios,
Carmen si que estaba allí, y me ayudó a tranquilizarme y tomó ella los mandos lo que quedaba de viaje. Muchas gracias.
Me gusta mucho conducir, es cierto. Quizá me lo tomo demasiado en serio. Y a veces la tensión y los nervios pasan factura.
LECCIÓN APRENDIDA: ANTE TODO, MUCHA CALMA.